jueves, 17 de diciembre de 2009

Y DE PRONTO...ÉL




Hoy ha venido a mi mente la puerta de su ascensor. Siempre me he sentido atraída por los elementos arquitectónicos, los materiales, las líneas y las formas. Creo que el edificio en el que vives, de un modo u otro, forma parte de ti. Te identificas con él del mismo modo que él lo hace contigo. Por eso, la primera vez que fui a su casa me llamó tanto la atención la puerta de tu ascensor. Su superficie negra brillaba en medio de un gran paño recubierto de mármol blanco. Y algo así es él. Siempre vestido de negro rodeado por una extraña aura blanca.
Cuando anoche descolgué el teléfono no esperaba encontrar su voz al otro lado. Probablemente hubiera imaginado a cualquier otra persona marcando los dígitos de mi teléfono, ¿pero a él? No, a él no.
Han pasado meses desde la última vez que nos vimos, y aún recuerdo ese último momento antes de incorporarme para salir de la cama. Me peiné el flequillo, observé cómo se dibujaba en su cara esa sonrisa extraña que se perfila de manera casi instantánea después de un buen orgasmo y pensé que había llegado el momento de salir de su vida. Tan sólo 15 minutos después estaba cerrando la puerta de su casa y haciendo oídos sordos a una frase que, parapetada por el grosor de la madera, ya no alcancé a escuchar. Tal vez fuera un "te llamo luego" o un "ya nos veremos" o quizá un "te has dejado el reloj". La verdad no lo sé, y ha sido más reconfortante convencerme de que escuché un "no te vayas".
Hasta ese momento quise pensar que podía ser alguien especial en mi vida. Nos conocimos de manera casual y pocos días después ya estaba metido en mis sábanas. Entonces me pareció genial, ahora estoy segura de que ese fue el error. La experiencia me ha demostrado que hay personas con las que el sexo va más allá del mero contacto físico. Hay quien folla con la mente. Y tu mente no es precisamente una puta experta. Domina demasiado, aprieta y, al final, acaba por ahogar.
"Hola, ¿cómo estás?" y entonces un escalofrío recorrió mi cuerpo. "¿Qué cómo estoy? bien hasta que me has llamado". Y era cierto. Todos estos meses he tratado de olvidarme de él o más bien de alejarme de él. Lo estaba consiguiendo. Conforme le iba conociendo sabía que esa relación divertida acabaría siendo un problema en el que la perjudicada sería yo. Corría el riesgo de engancharme de su locura de vida, de su inconformismo, de su inestabilidad, de su piel, de su música y, en definitiva, de ÉL. Y eso yo no me lo podía permitir. No en aquel momento.
Pero ahora viene diciéndome que no sabe cómo me ha dejado escapar, que le encanto, que vive pensando en lo que tuvimos, en lo que podía haber sido, en lo que podría ser, que "me piensa"... Y yo le pregunto:"¿qué ha cambiado de entonces ahora?". Nada, no ha cambiado nada. Sigue siendo un peligro porque me gusta, porque aunque trate de negarlo me encantaría volver a hablar de la construcción del Monasterio bajo la luz de las estrellas, a olvidarme de dormir por estar acariciando su piel, a comer tortilla de patata y ensalada o a sentirle dentro mientras veo cómo su blanca piel adquiere un delicioso tono rosado...
Hoy llevo todo el día pensando en él... y al final acabo en su ascensor.

viernes, 20 de noviembre de 2009


DESPIERTA

Uno, dos, tres...despierto. Lo hago. Abro los ojos pero no me apetece. Tengo la necesidad de seguir inmersa en un sueño fantástico. Estoy en una casa grande, rodeada de objetos de diseño. Todo es blanco: paredes, suelo, muebles,... todo. A mi lado está él. No sé quién es, nunca le había visto antes. Su rostro, su piel, su olor me son ajenos. No se parece a nadie que haya conocido. Sin embargo siento que le conozco desde siempre. Allí, sentado junto a mí, me mira. No hablamos. Tan solo con las miradas lo decimos todo. Me gusta su presencia. Me relaja, me hace sentir cómoda, tranquila, embobada. No quiero que se vaya. Quiero acercarme más a él. Tocarle y sentir el calor que desprende su cuerpo. Mi corazón se acelera. Noto cómo las palpitaciones incrementan su intensidad con cada suspiro. Pestañea, pero sigue en silencio, impertérrito, inmóvil, mirándome fijamente. No aguanto más y me lanzo. Comienzo a besarle, a acariciar discretamente su cara, su torso, sus brazos sus manos... y ahí sigue él, frío como el aliento de la muerte. No me importa porque me gusta. No quiero acostarme con él, no es eso. No aún. Pasan los minutos, tal vez pudieran haber sido horas y ni me habría enterado. Paso a un estado superior mientras sigo insistente en mi cometido. De repente su temperatura empieza a subir. Su grandes y poderosas manos responden a mis estímulos. Frena con fuerza mis manos enlazándolas con las suyas. Ahora manda él. Su lengua, como un poderoso volcán, recorre mi cuerpo. El cuello, los hombros, mis pechos, el estómago... sigue bajando hasta desaparecer entre mis piernas. No quiero que pare. No quiero saber quién es. Tan solo quiero que se quede para siempre. No sé porqué, pero me quedaría siempre allí si el me lo pidiese. Un esclava sumisa a los pies de su amo. Quiero que siga. Ahora sí quiero ir más allá. Me abraza con fuerza, con tanta fuerza que me cuesta respirar. Me aferro a él como a la montura de un caballo desbocado. clavo mis rodillas en su cadera. No me quiero caer. Empiezo a fusionarme con su cuerpo y.... Y suena el puto despertador. Bienvenida a la realidad. Son las 9 de la mañana de un lunes de invierno. Al abrir los ojos me encuentro con nadie durmiendo a mi lado y el macho con el que estaba a punto de copular se ha esfumado. Y pienso:“Genial Lola, necesitas echar un polvo”.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Buenas noches

Me llamo Lola y acabo de cumplir 30 años. Siempre he pensado que la crisis de las treintañeras era tan solo una excusa que aquellas que no habían sido felices durante los 29 años previos utilizaban para sentirse mejor. Pero no. Ahora veo que no es así. Y es que yo, que siempre he creído estar por encima del bien y del mal, empiezo a ser consciente de que mi estado anímico de los últimos 12 meses tan solo era la antesala de lo que iba a vivir después. Ha sido un año cargado de amor, de desamor, de inseguridades, de camas deshechas, de hombres que no quieres ver cuando salga el sol, de hombres que te hubiera gustado que no se fueran con la noche... De un sinfín de experiencias sensoriales que se han quedado en nada. Eso sin olvidar las horas perdidas en el psicólogo, los colocones nocturnos envuelta en lentejuelas y perfume caro, los bajones del día después; las amigas de la universidad que hace años que no ves pero que tienen el detalle de invitarte a su boda; las amigas que veías con frecuencia pero que han desaparecido entre pañales y biberones... Y a pesar de todo, aquí sigo yo, dispuesta a todo con tal de encontrar un sentido a la trayectoria que ha seguido mi vida hasta el momento. Porque hasta este preciso y delicado instante siempre he sido feliz. ¿Qué ha fallado? no lo sé. Tal vez sea la hora de averiguarlo. Aunque para ello tenga que bucear en una cama de sábanas desiertas.