viernes, 20 de noviembre de 2009


DESPIERTA

Uno, dos, tres...despierto. Lo hago. Abro los ojos pero no me apetece. Tengo la necesidad de seguir inmersa en un sueño fantástico. Estoy en una casa grande, rodeada de objetos de diseño. Todo es blanco: paredes, suelo, muebles,... todo. A mi lado está él. No sé quién es, nunca le había visto antes. Su rostro, su piel, su olor me son ajenos. No se parece a nadie que haya conocido. Sin embargo siento que le conozco desde siempre. Allí, sentado junto a mí, me mira. No hablamos. Tan solo con las miradas lo decimos todo. Me gusta su presencia. Me relaja, me hace sentir cómoda, tranquila, embobada. No quiero que se vaya. Quiero acercarme más a él. Tocarle y sentir el calor que desprende su cuerpo. Mi corazón se acelera. Noto cómo las palpitaciones incrementan su intensidad con cada suspiro. Pestañea, pero sigue en silencio, impertérrito, inmóvil, mirándome fijamente. No aguanto más y me lanzo. Comienzo a besarle, a acariciar discretamente su cara, su torso, sus brazos sus manos... y ahí sigue él, frío como el aliento de la muerte. No me importa porque me gusta. No quiero acostarme con él, no es eso. No aún. Pasan los minutos, tal vez pudieran haber sido horas y ni me habría enterado. Paso a un estado superior mientras sigo insistente en mi cometido. De repente su temperatura empieza a subir. Su grandes y poderosas manos responden a mis estímulos. Frena con fuerza mis manos enlazándolas con las suyas. Ahora manda él. Su lengua, como un poderoso volcán, recorre mi cuerpo. El cuello, los hombros, mis pechos, el estómago... sigue bajando hasta desaparecer entre mis piernas. No quiero que pare. No quiero saber quién es. Tan solo quiero que se quede para siempre. No sé porqué, pero me quedaría siempre allí si el me lo pidiese. Un esclava sumisa a los pies de su amo. Quiero que siga. Ahora sí quiero ir más allá. Me abraza con fuerza, con tanta fuerza que me cuesta respirar. Me aferro a él como a la montura de un caballo desbocado. clavo mis rodillas en su cadera. No me quiero caer. Empiezo a fusionarme con su cuerpo y.... Y suena el puto despertador. Bienvenida a la realidad. Son las 9 de la mañana de un lunes de invierno. Al abrir los ojos me encuentro con nadie durmiendo a mi lado y el macho con el que estaba a punto de copular se ha esfumado. Y pienso:“Genial Lola, necesitas echar un polvo”.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Buenas noches

Me llamo Lola y acabo de cumplir 30 años. Siempre he pensado que la crisis de las treintañeras era tan solo una excusa que aquellas que no habían sido felices durante los 29 años previos utilizaban para sentirse mejor. Pero no. Ahora veo que no es así. Y es que yo, que siempre he creído estar por encima del bien y del mal, empiezo a ser consciente de que mi estado anímico de los últimos 12 meses tan solo era la antesala de lo que iba a vivir después. Ha sido un año cargado de amor, de desamor, de inseguridades, de camas deshechas, de hombres que no quieres ver cuando salga el sol, de hombres que te hubiera gustado que no se fueran con la noche... De un sinfín de experiencias sensoriales que se han quedado en nada. Eso sin olvidar las horas perdidas en el psicólogo, los colocones nocturnos envuelta en lentejuelas y perfume caro, los bajones del día después; las amigas de la universidad que hace años que no ves pero que tienen el detalle de invitarte a su boda; las amigas que veías con frecuencia pero que han desaparecido entre pañales y biberones... Y a pesar de todo, aquí sigo yo, dispuesta a todo con tal de encontrar un sentido a la trayectoria que ha seguido mi vida hasta el momento. Porque hasta este preciso y delicado instante siempre he sido feliz. ¿Qué ha fallado? no lo sé. Tal vez sea la hora de averiguarlo. Aunque para ello tenga que bucear en una cama de sábanas desiertas.