
Una vez más, BCN
Es curioso, acabo de ver Vicky Cristina Barcelona y todo ha vuelto a mi mente. El tiempo que pasé en la Ciudad Condal yo era como Cristina. También tenía ganas de experimentar. Necesitaba un cambio de aires y los encontré allí, justo el día que le vi abrir la puerta de su portal con un bongo gigantesco a cuestas. También era un artista, un bohemio incomprendido; con tanta fuerza y con tantísimas ganas de beberse la vida que resultaba imposible no caer rendida ante él. También hacía calor y tenía dos meses para disfrutar a su lado.
Era todo lo opuesto a lo que había conocido anteriormente. Un espíritu tan libre que cualquier idea que saliera de su mente se convertía automáticamente en una orden para mi. Dejé mi pelo suelto y los rizo que tanto odiaba en la capital empezaron a resultarme agradables.
Yo, una niña bien que siempre había tenido de todo, empecé a encontrar terriblemente atractivo el hecho de caminar descalza por la ciudad, de dormir en playa bajo la luz de las estrellas, de hacer de la ciudad mi campo de batalla... de todo aquello que jamás hubiera imaginado.
Recuerdo como a su lado comencé a entender que la gente era mucho más que la imagen que proyectaba. Que escondido tras unas rastas y un cuerpo teñido de tatuajes podía esconderse un alma con la que tenía más puntos de unión que de distancia. Que daba igual en qué lengua hablaras si lo que importaba era convertirse en amigos.
De su mano aprendí que el mundo iba más allá de lo que me habían enseñado. De cualquier momento hacía algo especial, único. Un aventurero incansable, un "pirata" de las emociones que había surcado los confines del corazón y que quería compartir conmigo los tesoros que había encontrado en aquellas remotas islas.
Mis dedos recorrieron una y mil veces su espalda tatuada y mi mente se apropió de sus vivencias como si hubiera sido yo la propietaria primigenia. Todo era tan intenso que el tiempo desapareció de mi mente. Los días y las noches transcurrían de un modo muy extraño. Porque 24 horas a su lado eran mucho más que un día.
Y así pasó el verano con cientos de pintorescos personajes con los que compartimos nuestro amor. Personas que sin él nunca hubiera conocido. Amigos que años después llevo conmigo. Pero como todo lo que es ajeno, al final tienes que devolverlo a su propietario. Y cuando ya conocí su universo en profundidad supe que había llegado el momento de marchar. Nunca hubo rencores, ni dolor, ni siquiera una despedida. Nunca preguntó de dónde venía y nunca a dónde me iba. Sencillamente me dejó marchar, sin más.
Por eso, diez años después aún soy capaz de recordar esa experiencia como la más enriquecedora de mi vida. Un punto y a parte que me llevó a conocerme y a convertirme en lo que ahora, por dentro, soy.
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