lunes, 27 de septiembre de 2010


Atreverse o salir corriendo. El mismo punto de siempre. El mismo estancamiento emocional que nos envuelve a las de mi generación. Bueno, concretamente a las que nos hemos educado en la idea de que la independencia es el bien más preciado. Independencia sí pero, ¿a qué precio? Nosotras, las treintañeras, tenemos una naturaleza inestable que nos hace ir dando tumbos de una forma casi mecánica. Pero lo hemos aceptado. Asumir que hay cosas que no van a cambiar porque forman parte de nuestro sino es lo más inteligente que podemos hacer. Es eso o empezar una lucha titánica con un muro que siempre termina por ganar.
Lo hemos conseguido. No tenemos ataduras, somos libres, vivimos a nuestra manera sin un patrón de conducta fija. Nos movemos por impulsos. Somos buenas profesionales, tenemos trabajos que nos realizan o en los que, a base de mucho empeño, creemos estar realizadas.
Hemos aprendido a vivir sin los hombres. Y tal vez lo hemos hecho porque no nos ha quedado otra. Tenemos pisos de soltera que rezuman a perfume y suavizante, donde impera el orden; y cuando no, impera un limpio desorden. Cenas con amigos, salidas nocturnas, paseos domingueros con más amigos y... una visita que otra al cine con... ¿otro amigo?
Y al llegar a casa, no nos espera nadie. Si vives sola con suerte tendrás un perro o un gato que te de la bienvenida y cuya complaciencia será todo lo que tengas. Si no, la televisión, un libro de autoayuda o un atracón en la nevera servirán para reafirmar que tú eliges lo que quieres. Y eso es lo que tienes.
El problema aparece cuando un varón, aquella especie que creías eliminada de la faz de la tierra (porque tus queridos amigos han llegado a parecerte seres asexuados) se cuela en esta «genial» y «placentera» vida que has decidido vivir. Si la cosa va más allá de un par de citas, tres o cuatro polvos y una tarde en la Latina algo está pasando. Y ese algo te descuadra porque tu no estás acostumbrada a compartir tu intimidad (tus amigos no duermen contigo todos los días...). Reconozcámoslo: la idea de resultar vulnerable al amor te da pánico. Porque como bien cantaba Ana Torroja, «amar es el comienzo de la palabra amargura». La cabeza comienza a darte vueltas debatiéndose entre tus sentimientos y tu razón. Y ésta última te dice que una vez realizada la cópula, cada mochuelo a su olivo, así evitarás problemas.
La primera vez que se queda a dormir en tu casa (porque prefieres que sea en tu terreno, te sientes más segura) no duermes a gusto. Tu cabeza no puede deshacerse de la idea de que al despertar te verá sin maquillar y con los pelos como una loca. Sin embargo, él duerme plácidamente. Acaba de descargar y ya no puede seguir pensando.
Después llega el momento «¿qué somos?»; o lo que viene siendo la extraña necesidad que tienen algunos por empeñarse en definir las situaciones. Tú no le consideras tu novio, porque desde tu última relación esa palabra te crea una inevitable urticaria. Así que intentas evitar la respuesta meneando las caderas y haciendo que su atención se desvíe hacia lo sexy que puedes llegar a resultar. Esto último no siempre funciona y al final terminas por aceptar sus reglas del juego: «vale, somos novios».
Acabas de caer en sus redes y las tripas comienzan a retorcerse con fuerza cuando por tu cabeza empiezan a aparecer los fantasmas del pasado. Véase: las cenas con su familia, los partidos de fútbol con sus amigos, tu salón invadido por un ejército de niños de treinta y tantos peleándose por jugar a la Xbox, su madre diciéndote lo genial que es su hijo; y lo que es peor, la tuya recordándote que ya te equivocaste una vez y que, conociendo lo mal que eliges, es posible que lo estés haciendo de nuevo.
Así que, cuando un día llegas del trabajo a tu casa de soltera, cuya tapa del váter ya siempre está levantada y en la que tu cajón de ropa interior tus bragas han sido violentadas por un montón de calzoncillos de Calvin Klein, te das cuenta de que tus miedos por perder tu amada independencia se ha convertido en realidad.
Las cosas han cambiado y no te ha dado tiempo a reaccionar. No eras tan firme como querías hacer ver. Porque, en el fondo, todos tenemos cierta querencia a estar emparejados. En su día, te convenciste de que lo mejor era tu estado de impar, de single, de solterona; que después de superar la traumática ruptura con el cabrón de tu ex nunca volverías a fiarte de un hombre; que nunca volverías a compartir el espacio en tu armario; que tu televisión jamás volvería a reproducir los juegos de una consola; que tus cremas, perfumes y maquillajes serían los únicos dueños de tu cuarto de baño; que en tu cama de matrimonio los hombres cumplirían y se irían, pero no dormirían en ella; que en tus fiestas sólo tú serías la estrella, podrías emborracharte y no dar explicaciones a nadie; y, en definitiva, que sólo tú serías la responsable de TU vida.
Pero la realidad dista mucho. Te has enamorado y aunque has perdido todo aquello de lo que te pavoneabas cuando hablabas con tus amigas casadas, su desorden (de él) te hace feliz. Porque cuando cada mañana te despiertas con un beso y uno de sus abrazos te das cuenta de que ha merecido la pena. Ahora sólo piensas en disfrutar lo que tienes mientas puedas. Ya tendrás tiempo de volver a los brazos de la soledad.

Han pasado dos meses desde que se marchó de mi lado. Más de 60 días desde que decidiera que había llegado el momento de dejarme aparcada en la cuneta sin la más mínima explicación. Bueno, para ser más exactos diré que sin la más mínima explicaión lógica y coherente, porque sandeces varias inundaron nuestro último cruce de palabras. Y ahí estaba yo, una vez más llorando ante él, destrozada por dentro y con el alma hecha jirones. Y ahí estaba él, con su pose de superioridad con la que trataba de decirme que había llegado el momento que, parecía, tanto había estado esperando.

Aquello olía a venganza. Pero de las baratas. Si el verano pasado fui yo la que se vio obligada (y digo obligada porque Dios sabe que no quería hacerlo) a dar por terminada nuestra relación, justo un año después, el mismo día del mismo mes, él me pagó con la misma moneda. Era el día en que se jugaba la final del mundial de Suráfrica. Una fecha tan señalada que me resulta imposible olvidar por partida doble.

Mi dignidad, o lo que quedaba de ella, me hizo no sucumbir a la tentación de realizar una llamada o mandar un mensaje bomba en el que vomitara todo el dolor y el resentimiento que llevaba dentro. Pero fui fuerte y logré controlar el instinto asesino que recorría mis venas. Dos meses apaciguando mis deseos más primarios, aquellos que me decían que para sobrevivir a esta putada debía sacar todo lo que llevaba dentro. Pero no lo hice. Y con el paso de los días mi mente cada vez se ocupaba menos de él y más de mi.

Pero llegó septiembre. Y llegó el día en que nos conocimos, el 13. Mal número para una relación que estaba sentenciada a muerte desde el minuto uno. Ese día, en mi correo apareció un mail suyo. Una vez más, como siempre se dirigía a mi para decirme que jamás ha conocido a alguién como yo, que se vio obligado a dejarme por miedo a que lo hiciera yo, que soy una pieza esencial en su vida y que me quiere... y yo pregunto ¿porqué no te lo has pensado antes?, sencillamente porque eres gilipollas y te encuentras donde y como te mereces: SOLO.