
Han pasado dos meses desde que se marchó de mi lado. Más de 60 días desde que decidiera que había llegado el momento de dejarme aparcada en la cuneta sin la más mínima explicación. Bueno, para ser más exactos diré que sin la más mínima explicaión lógica y coherente, porque sandeces varias inundaron nuestro último cruce de palabras. Y ahí estaba yo, una vez más llorando ante él, destrozada por dentro y con el alma hecha jirones. Y ahí estaba él, con su pose de superioridad con la que trataba de decirme que había llegado el momento que, parecía, tanto había estado esperando.
Aquello olía a venganza. Pero de las baratas. Si el verano pasado fui yo la que se vio obligada (y digo obligada porque Dios sabe que no quería hacerlo) a dar por terminada nuestra relación, justo un año después, el mismo día del mismo mes, él me pagó con la misma moneda. Era el día en que se jugaba la final del mundial de Suráfrica. Una fecha tan señalada que me resulta imposible olvidar por partida doble.
Mi dignidad, o lo que quedaba de ella, me hizo no sucumbir a la tentación de realizar una llamada o mandar un mensaje bomba en el que vomitara todo el dolor y el resentimiento que llevaba dentro. Pero fui fuerte y logré controlar el instinto asesino que recorría mis venas. Dos meses apaciguando mis deseos más primarios, aquellos que me decían que para sobrevivir a esta putada debía sacar todo lo que llevaba dentro. Pero no lo hice. Y con el paso de los días mi mente cada vez se ocupaba menos de él y más de mi.
Pero llegó septiembre. Y llegó el día en que nos conocimos, el 13. Mal número para una relación que estaba sentenciada a muerte desde el minuto uno. Ese día, en mi correo apareció un mail suyo. Una vez más, como siempre se dirigía a mi para decirme que jamás ha conocido a alguién como yo, que se vio obligado a dejarme por miedo a que lo hiciera yo, que soy una pieza esencial en su vida y que me quiere... y yo pregunto ¿porqué no te lo has pensado antes?, sencillamente porque eres gilipollas y te encuentras donde y como te mereces: SOLO.
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