lunes, 3 de enero de 2011


Año nuevo... ¿Vida nueva?

No me comí las 12 uvas. No pasa nada, nunca lo hice. Sin embargo, esta vez fue distinto porque alguien muy especial estaba a mi lado. Un ser que de la nada se ha clavado en mi alma, con una mirada tierna de niño perdido que parece encontrarse cuando mi piel está cerca. Me mira, me observa, me estudia... cada uno de mis gestos, cada suspiro, cada sonrisa, cada movimiento, todo queda registrado en esa cabeza que me desconcierta. Me gusta.

El primer día que llegó me dio miedo. Al otro lado de las teclas se mostraba firme, seguro y decidido a probar suerte en una escena desconocida completamente. Mi escena, mi función... mi catarsis teatral. Se abrió la puerta del taxi y mis tacones se plantaron ante él con toda su fuerza. Como siempre lo hacen, aferrándome a la tierra con una base tan estrecha, tan fina como mis propias emociones.

Levanté la mirada y allí estaba la suya, sincera tras unos cristales por los que ve la vida con una fuerza inusitada. Energías cruzadas, batalla perdida, firmeza tambaleante. Y sin más, hablamos. Y rompió la barrera que me envuelve. El bloqueo me abandonaba sin que pudiera retenerlo. Y allí estaba Lola intentado pasar al segundo acto.

Casi treinta noches y amaneceres, lunas y soles que se envuelven en eternas despedidas, y ya forma parte de mí. Cuando está cerca me siento completa... Cuando se aleja, la niña se enconde para dar paso a la nostalgia... Palabras que resuenan en mi interior y me hacen temblar. Su voz, otrora extraña, se antoja especialmente propia hoy. Y me pierdo en su piel para encontrarme a mi misma. Y recupero algo olvidado ya. Una magia inocente enterrada por heridas mal cicatrizadas. Él sabe como llegar a su fondo para eliminarlas poco a poco. Con una delicadeza extraña que me embriaga.
Colisión de ateroides. Sentimiento primigenio. Mundo onírico a ras de suelo. Con él la emoción está servida. AIRE Y AGUA.

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